TÉ MARROQUÍ, UN ARTE DE VIVIR

El té es un nómada, un viajero errante, arrastrado por culturas y costumbres. Con él, conlleva un ritual: el de compartir, la hospitalidad y la escucha atenta. El té marroquí es mucho más que una planta para la convivencia. Servido como bebida durante una conversación, el té marroquí adquiere la dimensión de un arte, que seduce tanto al gusto como al olfato. El té marroquí sirve a la conversación y, sobre todo, a los cuerpos que intercambian palabras e ideas. En esto, es un arte. Y como todas las artes, es universal, al servicio de todas las culturas y todos los pueblos.

Atay, un símbolo de autenticidad

Beber té de menta siempre ha sido un placer para los marroquíes, una muestra de "al assala", la autenticidad de sus valores. Una familia marroquí que conserva sus valores tradicionales no recibirá a sus invitados con una botella de refresco, sino siempre con una bandeja de pasteles y té de menta, aunque, cabe mencionar, una bandeja de leche y dátiles es más apropiada para ocasiones especiales.

Atay, símbolo de hospitalidad

Símbolo de la legendaria hospitalidad marroquí, el té marroquí es una demostración íntima de experiencia personal destinada a satisfacer al huésped.
Preparado con maestría, destreza y refinamiento, el atay es un componente esencial de la hospitalidad marroquí, que se ha vuelto proverbial. Un deber sagrado para cada huésped, la hospitalidad es, para el anfitrión, independientemente de su rango, más que un simple gesto de bienvenida; es un honor expresado ante todo de la manera más cálida a través de la ceremonia del té.

Atay, una invitación a compartir

Inseparable de la tetera en su forma más tradicional, el té invita a compartir y a la convivencia, fomentando la conversación con familiares y amigos tanto durante como después de la degustación. Disfrutado lentamente, en medio de conversaciones informales o serias, tranquilas o animadas, llena la imaginación y el paladar de una multitud de sabores.

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